HERMENÉUTICA DEL LENGUAJE

Todos
los fenómenos del entendimiento, del comprender y el malentender, que forman el
objeto de la llamada manifiestan una forma de aparecer lingüística. No sólo el
procedimiento interhumano de entendimiento, sino que el proceso del comprender
mismo representa también un acontecer lingüístico cuando se dirige hacia un
objeto extralingüístico o escucha la voz en sordina de las letras escritas, un
acontecer lingüístico de la misma índole de la conversación del alma consigo
misma, tal y como caracterizó Platón la esencia del pensamiento. Gadamer
reconocía que esas afirmaciones eran exigentes y, hasta cierto punto,
desafiantes. Este escrito trata de explicarlas.
Lo primero que había que
considerar (y para eso hay que seguir a la inversa el curso expositivo de
Verdad y método) es en qué descansa la conexión entre comprensión y lenguaje
que plantea Gadamer. Respecto a esa conexión se encuentran en dicha obra
numerosas alusiones, por ejemplo: “la comprensión tiene una relación fundamental
con la lingüisticidad”; “el comprender está vinculado al lenguaje”; “hay
conexión esencial entre lingüisticidad y comprensión”; “el lenguaje es el medio
universal en que se realiza el comprender mismo”. Así, a distancia matizada de
Heidegger, Gadamer parece devolver la atención al fenómeno del lenguaje, retoma
la sensibilidad para el lenguaje que había mostrado la hermenéutica romántica.
Sin embargo, el concepto de lingüisticidad plantea una toma de posición
ontológica de una radicalidad, no sólo incompatible con las concepciones del
lenguaje nacidas de aquella sensibilidad, sino a la que ni siquiera el propio
arranque de la línea argumental de Verdad y método hace del todo justicia.
Lo
indicado con esa palabra no es simplemente que el objeto primordial de la
experiencia hermenéutica, la tradición en su conjunto, tenga carácter
lingüístico, esto es, se dé bajo la forma de un acceder-a-lenguaje que se
ofrece a la interpretación. Esto es más bien una consecuencia de la
lingüisticidad. El alcance de ese concepto no se reduce a la afirmación de que
la comprensión, además de otras cosas, se dé también en el lenguaje y como
lenguaje (incluso cuando lo que hay es un gesto, una imagen o una planta).
Gadamer piensa lo lingüístico en clave onto-existencial. Comprensión y lenguaje
no pueden reducirse a “un hecho que pueda investigarse empíricamente”, ambos
“no son sólo un hecho, sino que abarcan todo lo que puede llegar a ser objeto”.
La dirección hacia la que se orienta el concepto de lingüisticidad no es el
problema de la delimitación del campo hermenéutico, sino que responde a la
pregunta por lo que constituye el ser-hombre.
No se trata de caracterizar a los
objetos que se comprenden o que pueden acceder a la comprensión. Gadamer nos
plantea la conexión entre comprensión y lenguaje como una tesis de rango
ontológico, no sólo y específicamente hermenéutico; o, mejor, como fundamento
de la unidad entre hermenéutica y ontología. De ahí el título “Lenguaje como
horizonte de una ontología hermenéutica”. Gadamer escribe en Verdad y método:
“La relación esencial entre lingüisticidad y comprensión se muestra en que la
esencia de la tradición sea existir en medio del lenguaje, de modo que el
objeto preferente de la interpretación es de naturaleza lingüística”.
La conexión
esencia de comprender y lingüisticidad”, aludida por Gadamer se funda en su
interpretación de la noción heideggeriana de ser. En el artículo de 1991 “La
hermenéutica y la escuela de Dilthey” resume esa interpretación con las
palabras siguientes: No alude precisamente a un ente, tampoco a lo auténtico o
a lo divino, sino que es más bien como un acaecer, un abrir el espacio en el
que la hermenéutica –sin fundamentación final- se convierte en el nuevo
universal. Ese espacio es la dimensión del lenguaje. El lenguaje sería en ese
sentido lo que constituye el “da” de nuestro dasein, el claro (Lichtung) que
abre el acaecer del ser para nuestra existencia como seres dentro de un mundo. Gadamer
piensa la estructura existencial ser-en-el-mundo lingüísticamente. Mundo y
lenguaje, o mundo-lenguaje, son lo abierto por el acaecer del ser en el que se
da la humanidad de nuestra existencia. Lingüisticidad es lo que caracteriza al
mundo y al ser de nuestro da-sein.
A través de ese concepto se piensa el “da”
en el que somos y que nos constituye como lingüístico, un mundo-lenguaje. En
Verdad y Método escribe Gadamer: El lenguaje no es sólo una de las
disposiciones que le corresponden al hombre que está en el mundo, sino que
sobre esa disposición descansa, y en ella se expone, el que los hombres tengan
mundo en general. El mundo es para el hombre como mundo ahí de un modo que no
existe para ningún otro ser vivo. Esa existencia del mundo está constituida
lingüísticamente. El lenguaje no afirma ninguna existencia frente al mundo que
accede con él al lenguaje. No sólo es mundo el mundo en cuanto accede al
lenguaje: El lenguaje tiene su ser auténtico sólo en que en él se expone el
mundo.
La humanidad originaria del lenguaje significa, por tanto, a la vez, la
lingüisticidad originaria del ser-en-el-mundo. La tesis expuesta en ese pasaje
sobre la lingüisticidad de nuestra experiencia del mundo constituye, como
afirmaba anteriormente, una contribución original y diferenciada de Gadamer a
la filosofía hermenéutica. En el texto se muestra palpablemente la familiaridad
con el respecto al lugar que Ser y tiempo concede al “habla” (Rede). Gadamer
sitúa mundo y lenguaje en un mismo nivel ontológico, y mantiene constantemente
esa continuidad entre ambos, lo que implica a la vez la irreductibilidad de uno
al otro. En el lenguaje se expone el
mundo mismo.
La experiencia lingüística del mundo es la lingüisticidad de
nuestra experiencia del mundo es previa frente a todo lo que es conocido y
aludido como ente. La referencia fundamental de lenguaje y mundo no significa,
por tanto, que el mundo se convierta en objeto del lenguaje. Lo que es objeto
de conocimiento y el enunciado está más bien siempre ya englobado en el
horizonte del mundo del lenguaje. La lingüisticidad de la experiencia humana de
mundo no quiere decir como tal la objetivación del mundo. La afirmación
ontológica de la lingüisticidad, de la interconexión entre mundo y lenguaje, y
también el que ambas cosas se encuentren al mismo nivel y ninguna absorba y
agote a la otra, estos son puntos fundamentales de la hermenéutica de Gadamer.
El mundo es articulado y aparece lingüísticamente, pero eso no implica que sea
algo “relativo” respecto al lenguaje. Mundo no es simplemente objeto del
lenguaje.
El acento que pone en este aspecto se debe a la necesidad de evitar
la mala interpretación instrumental de la lingüisticidad como una afirmación de
la disponibilidad del mundo. La interpretación del lenguaje como un instrumento
se sustenta, según Gadamer, en la falsa representación de que los hombres encuentran
primero el mundo frente a sí, y, a partir de un estado carente de palabras, echa
mano de la herramienta del habla para entenderse entre sí acerca de aquél. Sin
embargo, escribe Gadamer, “hablar no significa en modo alguno hacer calculable
y disponible”. A la inversa: es más bien el horizonte mundano abierto
lingüísticamente lo que hace posible todo comportamiento objetivador.
Los
juicios y enunciados que exponen nuestro conocimiento de los objetos serían una
parte de la multiplicidad del comportamiento lingüístico, y una parte que
permanece integrada en el todo de nuestra experiencia vital. El aspecto
“absoluto” del mundo respecto al lenguaje se debe, escribe Gadamer, a que “en
cuanto el todo abarcante que es, nunca se da [completamente] en la experiencia”.
Empero, el momento “absoluto” del mundo tampoco supone que el lenguaje sea
simplemente algo así como un medio de comunicación o un orden simbólico en el
que los hombres somos socializados y dentro del que tenemos que vivir.
Gadamer
escribe: En todo saber de nosotros mismos, y en todo saber del mundo, estamos
ya siempre envueltos por el lenguaje que es el nuestro propio. Crecemos,
aprendemos a conocer el mundo, aprendemos a conocer a los otros hombres y,
finalmente a nosotros mismos, en tanto aprendemos a hablar. Aprender a hablar
no es ser introducidos en el uso de una herramienta, ya presente, para la
caracterización del mundo que nos es ya familiar y conocido, sino adquirir la
familiaridad y conocimiento del mundo mismo y de cómo él nos sale al paso”.
Ser-hombre vendría a significar, por tanto, tener lenguaje y tener mundo, donde
ese “tener” significa algo bien diferente de “disponer de” o “dominar”. Y esa
condición fundamental implicaría a su vez el ser-unos-con-otros como
determinante del ser-hombre. Como se indicaba en el pasaje que acabo de citar,
el lenguaje que nos sustenta es en cada caso la lengua propia, aquella que
aprendemos a hablar y, al hacerlo, ganamos la familiaridad con lo que nos sale
al paso.
Nuestro
tener mundo se realiza como pertenencia a una comunidad vital articulada por un
lenguaje común. Así, escribe Gadamer: El mundo es el suelo común, por nadie
hollado y por todos reconocido, que vincula a todos los que hablan unos con
otros. Todas las formas de la comunidad humana de vida son formas de comunidad
lingüística, más aún: ellas forman lenguaje. Pues el lenguaje es, por su
esencia, el lenguaje de la conversación. Él mismo se forma por vez primera su
realidad por medio de la realización del entendimiento. Por eso no es un mero medio
para el entendimiento. El concepto de lingüisticidad nos lleva, pues, al
pensamiento del mundo como un proceso vital común que se realiza en la forma
del entendimiento lingüístico.
El mundo en el que somos es un mundo de vida
lingüístico común. Lo dicho conduce a la representación del ser-común, de la
existencia en comunidades, como un contenido implicado en el concepto de
lingüisticidad. Una característica fundamental de la ontología hermenéutica de
Gadamer consiste, precisamente, en la interpretación lingüística del ser-con
heideggeriano, del ser-unos-con-otros. En su artículo: “Patria y lengua”,
escribe lo siguiente: Lenguaje no es las palabras que poseemos y administramos
libremente. Es un dar y un tomar en el que se forma lenguaje. Hablar tiene su
sentido en la realización y sólo puede ser donde uno se aproxima al otro para
asegurar la comunidad del experimentar. Este pasaje resume su peculiar
interpretación lingüística de la estructura del ser-con indicada por la
analítica existencial. En la época de la hermenéutica de la facticidad,
Heidegger distinguía los tres ámbitos siguientes de la experiencia mundana: el
mundo circundante (medio), el mundo-con (los otros) y el mundo de Sí mismo. Sin
embargo, en su discurso no se encuentra ni una jerarquización clara de esos
tres ámbitos ni una explicación de su relación mutua.
Ese
ser-con dialógico no puede ser entendido ya sólo desde la estructura del ser lanzado,
como si el otro (los otros que nos interpelan y con los que hacemos el lenguaje
que nos hace) fuera sólo una cosa más entre las que nos salen al paso en
nuestra experiencia del mundo. No hay Sí mismo alguno que no deba constituirse
por mediación de la interpelación de los Otros. La forma en que el lenguaje
hace presente al otro en el mundo no es la de una presencia frente a la que nos
veamos lanzados como frente a un obstáculo, sino que constituye un
ser-unos-con-otros.
IMPORTANCIA DE LA HERMENÉUTICA EN NUESTROS TIEMPOS

El vigoroso
movimiento hermenéutico, que se perfila en la aurora del tercer milenio como
una de las más importantes tendencias del pensamiento filosófico, atribuye al
representante del romanticismo alemán, Friedrich Schleiermacher (1768-1834), la
paternidad de la sistematización y la consiguiente autonomización de la moderna
disciplina que se presenta como arte de la comprensión. A decir verdad, es
desde autores que precedieron a Schleiermacher que el planteamiento filosófico
de la hermenéutica tiene como centro de gravedad no el aspecto técnico-metódico
del problema, sino el de disciplina epistemológica que indaga sobre las
condiciones de posibilidad del acto de la comprensión. De
hecho, como tal la palabra hermenéutica data del siglo XVII y da ya título a
obras que se escriben en la época: Institutiones hermeneuticae sacrae,
cuyo contenido es la exposición de los métodos de la correcta interpretación de
la Sagrada Escritura.
Conviene
asentar que es precisamente en el siglo XVIII que se impone la distinción entre
el vocablo hermenéutica y el término afín exégesis, que por mucho tiempo se
tomaron como intercambiables (explicación, interpretación), criterio que hasta
fecha muy reciente gozó de generalizada aceptación: exégesis es el acto mismo
de interpretar y hermenéutica es la teoría de la interpretación. En la hora
actual sigue en pie la distinción entre exégesis y hermenéutica, únicamente se
ha modificado la connotación asignada a las mismas: “Hoy se prefiere llamar ‘exégesis’,
a aquel análisis del texto bíblico destinado a descubrir lo que quería decir el
autor a sus contemporáneos, y ‘hermenéutica’ a lo que el mismo texto nos dice a
nosotros en un contexto distinto y en un lenguaje comprensible al hombre
moderno”. El texto citado encierra tal importancia al revelar el impacto en el
campo bíblico del planteamiento filosófico de la hermenéutica.
DEL RIESGO PERMANENTE DEL MALENTENDIDO AL ARTE DE LA
RECTA COMPRENSIÓN
Pues bien,
aunque en el intento de establecer lo pensado mediante el decir que lo expresa
el texto reserva lugar privilegiado al lenguaje escrito, Schleiermacher
extiende el cometido de la hermenéutica al terreno más frecuente del diálogo en
el que el hablante atribuye un sentido particular a las palabras que contienen
el mensaje dirigido al oyente. De cara a la palabra hablada, la comunicación
verbal de la escritura presenta la enorme desventaja de no satisfacer el
requisito implícito en el acto de la conversación que, apelando al
procedimiento de preguntas y respuestas sostenidas con el interlocutor
contemporáneo, promueve la interpretación directa. El sello dialógico de la
hermenéutica revela la íntima conexión de pensamiento y lenguaje en términos de
razón en el lenguaje que apunta a la compleja mediación de este último entre la
razón y el sentimiento, pero, sobre todo, a la falta de correspondencia
(causada por la interferencia de la subjetividad) del lenguaje con el
pensamiento.
Es preciso siempre tener presente que el emisor al comunicar el
mensaje debe ejercer una capacidad singular al hablar y escribir, de suerte que
los destinatarios comprendan lo que de él oyen o leen. Sin embargo, dado que
las palabras ostentan multiplicidad de significados, con frecuencia las
personas que manejan los mismos vocablos entienden ideas completamente
distintas. Circunstancia que induce a los interlocutores resolver el equívoco
acudiendo a la aclaración del término en juego desde el contexto determinado de
su uso. Muchas veses se convierte en ideal inalcanzable, toda vez que aun
cuando el esfuerzo parece compensado por el éxito, el resultado más bien es
incompleto, traduciéndose, en el mejor de los casos, en estímulo para reiniciar
con tesón el trabajo de comprender algo, sin disponer jamás de la certeza de
haberlo entendido plenamente. Piénsese, por lo pronto, en los coloquios
familiares de la cotidianidad en los que, a despecho de coincidir muchas veces
el signo y el significa, en otra cantidad no menor de casos experimentan la
ruptura de la relación inmediata de la expresión con lo expresado.
Por
mencionar unos pocos hechos que ilustran lo que se quiere explicar acerca de
los niveles de inefable densidad que puede llegar a conocer la palabra
alteridad humana, indiquemos la situación embarazosa del que con frustración
contempla cómo otra persona es incapaz de entender lo que le quiere decir o el
estado de confusión del que no acierta a salir el sujeto que ha recibido un
paliza, luego de gesticular una señal que interpretada de forma suplicante en
su propia cultura se toma como insulto en la extraña que en ese instante
visita. Ni que decir del que finge aceptación o complacencia por la información
que se le brinda pero que para sí mismo sospecha que le estén engañando. Dicho
lo cual, la realidad viviente que el dinamismo de la lengua entraña, demanda el
tratamiento de un proceso sujeto a la búsqueda sin término de la interpretación
sobre el significado del que un discurso es portador. Sea de ello lo que fuere,
la finura inherente al arte de la explicación de un producto que es creación
del espíritu humano remite de continuo inevitablemente al arte de la
comprensión del referido proceso que lo ha creado.
Evidentemente,
los escollos que separan al emisor del receptor en la comprensión del mensaje
ensanchan abismalmente las grietas al agregar a la distancia
psicológico-lingüística de la comunicación oral que intercambian hablantes
contemporáneos, la histórica de una cultura y época tan diversas que debe
sortear el lector al abordar un texto con el fin de descifrar los signos
escritos ahí vertidos. Cabe recalcar, no obstante, que el lenguaje escrito de
un texto representa nada más un segmento de las diversas formas de expresión
que adopta la naturaleza esencialmente abierta de la estructura interpretativa
del existir humano.
Schleiermacher
dirige el ingenio de sus talentosas facultades a las condiciones comunes,
generales, universales de la vida del intérprete, desde las cuales queda en
franquía para unificar la tarea de la comprensión de textos que se dispersa en
el laberinto de obras disímiles con arreglo al marco literario (clasicismo
grecolatino), exegético (libros sagrados), teológico y jurídico en el que se
inscriben, igual que de las más dispares reglas que aplican.
DOCTRINA DE LA CONGENIALIDAD

Para
Schleiermacher la comprensión es una operación mental mediante la cual el
lector-intérprete procura determinar la intención, lo que se quiere decir, a
través de lo expresado por el autor en el lenguaje. De esta suerte, el
intérprete se remonta desde el plano gramatical (semántico-sintáctico) hasta el
nivel de las ideas. Gracias a este procedimiento el lector tiene acceso a la
intuición original que inspiró al autor a escribir un libro. En el proceso
referido, entretanto, se ha producido el fenómeno de la congenialidad (Kongenialitätslehre),
por el que el intérprete, alcanzando la identificación psicológica con el
autor, derivado de la totalidad del contexto sentimental de vida que funde
espíritus afines, capta con la inmediatez de la intuición, el sentido del
pensamiento contenido en cada expresión.
Ahora bien,
es el Infinito, el Epíritu, el Absoluto, la Naturaleza (fuerza divina y vida
creadora) lo que inconscientemente dirige el proceso creador de los individuos
de genio. En este orden de ideas, Schleiermacher decía del filósofo Baruch de
Spinoza que “el sublime Espíritu del mundo lo penetraba, el Infinito era su
principio y su fin, el Universo era su único y eterno amor. Con santa inocencia
y con profunda humildad él se reflejaba en el mundo eterno y consideraba que
también él era el espejo más amable del mismo.
En
definitiva, el ars intelligendi o ars interpretandi,
en el que la hermenéutica consiste, hunde sus raíces en la dialéctica como
práctica del entendimiento recíproco, por medio del cual, en diálogo con el
autor, el intérprete procura evitar el error, la falsa interpretación y
alcanzar más bien el genuino sentido del texto. Dos, pues, son los
momentos que constituyen el ejercicio de la comprensión. En primer lugar, el
gramatical-filológico (recibe también el nombre de comparativo), con el que el
intérprete-lector reconstruye el pensamiento, la intención, la intuición, la situación
en un orden inverso al del autor que compone un libro, a saber, de los signos
al pensamiento y no viceversa. En su virtud, el intérprete lector, como ya se
asentó más arriba, parte de los elementos semánticos, sintácticos que
garantizan el carácter objetivo de la comprensión, puesto que
emplea formas comunes a toda cultura y, por tanto, existen independientemente
del autor. “El comparativo, afirma nuestro autor,
coloca primero al que hay que entender como algo general y encuentra después lo
peculiar en cuanto es comparado con lo otro bajo lo mismo general comprendido.
Lo primero es la fuerza femenina en el conocimiento del hombre, lo segundo la
masculina”. Por lo demás, estos aspectos semánticos son de índole negativa en
el sentido que circunscribe su cometido a determinar la mal comprensión que
proviene del uso erróneo de los términos.
El otro momento del comprender es el
psicológico llamado también adivinatorio que une al lector con el autor por
medio de la congenialidad o de la empatía (Einfühlung). Es lo que afirma
claramente Schleiermacher en un paso de Hermeneutik: “El método
adivinatorio es aquél en que el hombre se transforma en otra persona para poder
aferrar directamente su individualidad”. Por cierto que, a diferencia del
aspecto comparativo, el adivinatorio es subjetivo, orientado como
está a penetrar en la individualidad y a participar de la genialidad del
escritor. Por otra parte, el elemento adivinatorio es positivo por
cuanto logra asir el pensamiento que genera en la estructura lógico-gramatical
del discurso. Los dos momentos de la comprensión son complementarios y
presentan la unidad de una estructura circular en la que la primacía
corresponde al aspecto adivinatorio, en razón de que éste, al anticipar
proyectivamente una precomprensión, guía el momento comparativo que, a su vez y
en reciprocidad, amplía y profundiza, confirma y justifica al anterior por la
refundición diferenciadora de una multiplicidad de datos aislados.
En palabras
de Schleiermacher, “dos métodos, el adivinatorio y el comparativo, los cuales,
sin embargo, tal como uno retro alude al otro, no pueden ser separados entre
sí”. El círculo hermenéutico contiene, por tanto, la relación entre lo singular
de la individualidad del intérprete y el todo formado por los signos comunes
que entretejen la universalidad del discurso, o bien lo especial de la
individualidad del lector y lo general del fenómeno de la comprensión. “Por
todas partes, indica Schleiermacher, que el saber perfecto está en este círculo
aparente: que cada cosa particular sólo puede ser entendida a partir de lo
general cuya parte es, y viceversa”.
Articulo
Es innegable el gran aporte que ha dado la hermenéutica del lenguaje en el
aspecto tan importante de la comunicación para el ser humano, de modo que es
muy importante saberlo utilizar en cualquier parte de nuestro proceso
vocacional, es esto lo que nos ayuda a interpretar el llamado de Dios; de modo
que si tenemos una buena interpretación de nuestro contorno podremos ser unos
muy buenos sacerdotes para el crecimiento del reino de Dios en el nuevo milenio.
Sabemos que todos los fenómenos de
la mala interpretación y el poco comprender que tenemos desde el
comienza de nuestra formación; todo estos procesos en nuestra vida parce formar
una área muy conocida llamada “ lingüística”
que es el estudio científico de nuestra estructura de lenguaje
natural; mediante esta estructura es
que nos podemos comunicar o conocer
entre nosotros.
Para poder
tener una buena comprensión debemos
tener una estrecha relación con la linguisticidad, pues son estar
característica y el lenguaje que es el medio universal que nos lleva a comprender el mismo de cada quien, el por qué y el para
que surgen de las cosas de modo que para poder comprender algo debemos tener un
buen lenguaje, porque si vamos a comunicar necesitamos que el receptor reciba
una buena comprensión y si vamos a recibir alguna información la persona debe tener una buena
comunicación para que podamos comprender
el mensaje claro.
Actualmente
en nuestras parroquias las personas cuando participan de una eucaristía o un
grupo parroquial, se nos aburren por la mala comunicación o interpretación que
le damos; sacerdotes, religiosas o laicos comprometidos, al momentos de
trasmitir un mensaje de la sagrada escritura o de cualquier estilos podemos dar un significado totalmente diferente
al que las personas puede recibir y se pueden llevar una mala imagen de la
iglesia o de los mensaje transmitidos por ella.
De
modo que la invitación es que la comprensión y lenguaje no puede reducirse
solamente a un hecho sino, que nos debe llevar al objeto real y desde que ese
objeto real sea bien explicado al receptor podremos tener una triangulo
semiótico bien estructurado en cualquier actividad que vallamos a transmitir,
de modo que la invitación es para que nuestras casa de formación sacerdotales,
o desde nuestros colegios nuestros docentes comiencen a transmitir un mensaje
bien estructurado mediante la buena comunicación y la explicación del mismo.
Nuestro
mundo filosófico que se ha caracterizado por comprender y preguntarse el porqué
de las cosas, da un aporte de totalmente importancia en el lenguaje,; es el
caso del filósofo Gadamer nos dice
que la comprensión y lenguaje tiene una
estrecha conexión que suele parecer un
rango ontológico y no solo específicamente hermenéutico, pues esta rama de la
metafísica la que se pregunta lo que
hay, e intenta dar una respuesta clara
del mismo modo la hermenéutica realiza el mismo resultado pero mediante la
verdadera comprensión, está muy claro como seriamos de ricos en conocimientos
los seres humanos si aprovecháramos y
manejáramos claro mediante el objeto real que son nuestra preguntas en
el cotidiano tendríamos o ya hubiéramos
resulto inmensidades de inquietudes que nos rodean.
De
modo que esta conexión que hace Gadamer se la da el título al “lenguaje como
horizonte ontológico de la hermenéutica”, y está muy claro es esa comprensión
la que nos lleva mediante el lenguaje a tener una buen horizonte del
significante de las cosas es mediante este medio es que los seres humanos
pueden tener una visión del mundo en general
por que mediante el signo se nos puede transmitir a cada persona ya está
en el significado que le da cada hombre o mujer en el lugar donde se encuentre,
esto nos deja claro como el horizonte del lenguaje es tan grande y ricos en
conocimientos.
Esta
clara que el lenguaje entonces tiene un ser autentico que es el expone cada
persona en el mundo, pero hay que dejar claro que el lenguaje puede ser
mediante el habla , la escritura o los
signos; este problema de linguisticidad se ve muy claro en la escritura que
poseemos las nuevas generación es de muy mala calidad, hoy en día nos hemos
inventado una nueva forma de escribir por la falta de mala comprensión que podemos adquirir o por
la facilidad de querer escribir lo más rápido posible, esto problema se ve muy
reflejado en las redes sociales.
Por consiguiente si la hermenéutica data del
siglo XVII y cuyo objetivo es la interpretación de las sagradas escrituras el
sacerdote actual puede hacer una buen interpretación mediante las redes
sociales y así dejar clara y bien comprendido el mensaje de Dios; las redes
sociales deberían tener un mejor manejo de vocabulario y la iglesia brindar con
mucha más intensidad curso de interpretación de las sagradas escrituras,
mediante las redes sociales.
La
hermenéutica y la exegesis tiene mucha a fin es llevar a las explicación clara
y la interpretación con un significado
claro, es la exegesis el acto mismo de interpretar y la hermenéutica es la
teoría de la interpretación, de modo que la iglesia debe llevar a sus pastores
a este camino y a sus feligreses igualmente, para que no se dejen convencer por
doctrinas llamativas y con mala interpretación.
Que es el
gran problema de la sociedad actual, por la mala interpretación que se le han
dado a los textos sagrados, es que hemos perdido la fe verdadera, de la iglesia
de Jesucristo que durante siglos y
siglos ha interpretado el mensaje de Dios y la ha comunicado a sus feligreses como es;
pero como muchas personas no han sabido interpretar y han perdido su fe; la
iglesia debe comenzar a formar pastores con un claro enfoque hermenéutico o si
no seguiremos perdiendo feligreses por la mala interpretación que se le dan a
nuestros actos religiosos.
Para
finalizar el sellos dialógico de la hermenéutica es revelar la intimida
conexión del pensamiento y nuestro lenguaje, pues es mediante el pensamiento es el resultado que damos para transmitir,
pero en la sociedad actual el gran problema es la correspondencia que se le da
por la falta de comprensión la invitación para todos nosotros es poder dar un
manejo completo a las herramientas que se nos han puesto para poder tener un
lenguaje más claro.

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